Incendio estival

¿Recuerdas a Sísifo? Yo lo conocí aquel verano en la casa de campo gracias al Maestro. Me lo presentaba en cada verso, pero no supe apreciarlo hasta que el sol chamuscó los buenos frutos de aquel año. Mi trágico alter ego.

La identificación era más que evidente… Y cuando pude olvidarme de mi condena el momento prometía hacer nueva mitología. O nueva leyenda. No poníamos etiquetas. Mas en algunos lugares no está permitido omitir los deberes propios y me acorraló el peor de los castigos: que llenaran de piedras tus bolsillos. Era una sentencia compartida e indefinida, por procurar arrastrar juntos la roca sin sentido, terminaríamos solos impeliendo nuestro peso más el ajeno, y éstos continuarían engordando día a día. ¿Cómo musitar que la vida, tantas veces diminuta, se antojaba demasiado eterna? ¡Qué ridículo Sísifo!

Además de tu peso, yo cargaré con tu pena.

Seudónimo: Mamihlapinatapai

Círculos

Risas lejanas deslizándose como aciagas sombras, y que llegaban apoderándose del lugar que desde hacía mucho no conocía dueño.

Al pie de la casa vieja dos voces susurraban una antigua canción de cuna, como queriendo rescatar de la memoria del tiempo algo perdido, a propósito enterrado bajo las siete llaves del olvido.

Del camino, dos figuras surgieron con la esperanza de haber culminado una larga caminata. La niña se mostró curiosa.

– ¿Estás seguro?- preguntó la niña.

– Es la casa, ¿no ves? -contestó su hermano.

– ¿Y por qué está tan sucia? Tengo miedo. ¿Seguirá molesta? Ella siempre está gritando…

– No sé… la última vez me miró asustada. Hubo mucha sangre.

– No te quejaste -señaló la niña- Te quedaste como dormido.

– Ni cuenta me di.

La niña también le mostró su herida. ¿Ahora sería diferente? No imaginaba a la muerte de nuevo en primera fila.

Desde la ventana unos ojos espiaban, esperando.

Seudónimo: Ariana

La realidad de la ficción

Siempre nos contaban que se descubrieron sin intercambiar palabras. Papá era escritor. Mamá, profesora de literatura. Irónico, ¿verdad? Aunque aquella era su historia favorita, no era la única que relataban.

Mientras vivimos en mamá nos leyeron cuentos de los hermanos Grimm. A medida que fuimos creciendo, nos transportaban a los fantásticos mundos de Andersen, Perrault, Dickens y Wilde. Y cuando perdimos el miedo a la oscuridad, nos presentaron al brillante Allan Poe.

No levantábamos dos palmos del suelo, pero nuestros sueños ya nos sacaban varias cabezas. Tal era así que cierto día quisimos ponernos a su altura. Nos resolvimos a entrar a la añeja casa que tanto nos intrigó todos aquellos años. Allí estaban nuestros mentores, abstraídos, viajando en su imaginación.

Curiosos, les preguntamos:

“¿Por qué solo hay nubes en esta parte del cielo?”

Irrumpiendo en la realidad, respondieron:

“Son nuestras ideas, ¿no os hablaron papá y mamá de esta fábrica?”

Seudónimo: Katniss Everdeen

La noche de los muertos

—Son demasiados años, hermana mía. Incluso nuestra manera de hablar resulta anacrónica para unos críos. ¿No es momento ya de perdonarlo? En éste, el día de los muertos, se nos permite abandonar el bosque, donde ocurrió el accidente, para vagabundear entre los vivos. Año tras año, regresamos al jardín y miramos la ventana desde la que él también nos mira, temeroso siquiera de abandonar el cuarto donde estará hasta tu perdón; pues yo ya lo he perdonado. No fue el nuestro un plan preciso. El veneno en su bebida, lo fue. También nuestra venganza, pero no así nuestro final. ¿No crees que los tres merecemos descanso?

—No. Quiero que durante otro año más, recuerde los ojos con los que ahora lo miro. Atrapado, culpable y aturdido. No, hasta que se de cuenta por él solo de lo que hizo y reúna el valor suficiente de abrir la ventana.

Seudónimo: Nilo

Blog: www.narranacion.com


La casa de nuestros sueños

Se había hecho tarde. La noche empezaba a caer sobre sus despeinadas cabezas y los últimos rayos de un sol cansado de trabajar todo el día traspasaban los cristales que el tiempo se había empeñado en conservar, quizá para contemplar su propio reflejo.

-¿De qué color te gustaría pintar las paredes?- la dulce voz de la niña acarició el frío viento del norte.

-Para mí solo existe un color, el que vive en tus ojos. Algún día conseguiré hacerlo realidad y pintaré toda nuestra casa de ese color.

Allí estaban, con miles de sueños compartidos a través de sus pequeñas manos, dejando atrás un mundo del que jamás se sintieron formar parte. La vida en el orfanato no había sido fácil, muchos adultos se encargaron de ello. Pero ahora el fuego lo quemaba todo y ahogaba los gritos de un pasado que no olvidarían… de un lugar al que jamás regresarían.

Seudónimo: Charles Dickens

Mi primer (des)amor fui yo

Me encerré en aquella cámara oscura. Intentaba recordar qué hice para que ella se despidiera sin decir adiós. Finalmente decidí escribir todo aquello por lo cual incluso yo hubiese huido de mí.

“Tímido”, anoté en la primera hoja.

“Egoísta”, en otra.

“Imprudente.”

“Celoso.”

“Inmaduro.”

“Desconfiado.”

“Intolerante.”

“Orgulloso.”

“Despistado.”

“Torpe.”

“Impaciente”, hecho irónico si tenemos en cuenta que soy “impuntual” hasta para sentir.

“Demasiado dependiente.”

“Excesivamente cobarde.”

“Rencoroso, pesimista, posesivo…”

Las palabras me ahogaban, literalmente. Sin embargo, los cientos de papeles que llené de defectos me hicieron ver algo y lo apunté a modo de castigo:

“Mi mayor error fue quererla más que a mí mismo.”

“Mi mayor error fue entregarle todo mi amor propio.”

“Mi mayor error fue quedarme vacío solo para llenarme de ella.”

“Mi mayor error fue acomodarme en esos peligrosos límites.”

Dejé los complejos atrás y con ellos mi último borrador:

“SOY YO. CON ESO ME BASTA.”

Seudónimo: Mónica Geller

Embotado

¿Alguna vez habéis visto a alguien con la cabeza tan envuelta y reenvuelta que no puede ni respirar? Una momia está más viva en comparación.

Si no lo habéis visto solo tenéis que mirar la imagen que colgaron en noveleriando; lo que hace navegar por internet, encuentras de todo y con todo me refiero a TODO. Y es increíble el tiempo que se escapa. ¿Cómo acabas? Embotado.

La cabeza te va a estallar porque de un tema te has ido a otro, de una foto que ibas a mirar llevas mil y de una canción que tenías ilusión de escuchar vas y te bajas toda la discografía y total ya puestos la de otros grupos indi de rock o celtas. En fin, de un cuarto de hora llevas dos. Y te percatas que se te ha hecho tarde para ducharte e ir a tu cita. Es igual que pensar, obsesionarse.

Seudónimo: Nàriël Aerlïnniel

Mi última carta

El mundo duerme mientras mi cabeza grita. La noche baña todos los rincones de mi alma y no hay luces en el mundo de los humanos que consigan iluminar tanta negrura. ¿Cómo escoger las palabras más tristes que jamás nadie leerá? ¿Será posible que un lenguaje creado por y para hombres pueda expresar el dolor y el sufrimiento de tal manera que ningún resquicio de duda se atreva a asomar para sembrar incertidumbres? .

He escrito muchas cartas en mi vida. En las primeras el amor era la tinta en la que empapaba mis palabras, aunque debo reconocer que mi buzón llegó a sentirse más yermo que mi corazón. Hubo cartas de amistades que pensaba serían eternas, pero tardaron en irse lo mismo que un papel esperando en el suelo ser amado por la lluvia. Cartas de despedida y de bienvenida, de reproches y ausencias…. pero jamás ninguna como esta.

Seudónimo: Eapoe

El naufragio de (en) Iris

-Abuela, cuéntame una historia para dormir.

-Érase una vez una hermosa joven de cabellos dorados que emprendió una travesía hacia lo desconocido a bordo de su pequeño bote de madera. De pronto, la derribó una terrible y negra tormenta, justo delante de ella. La fuerte marejada la lanzó con furia a la orilla de una playa arrinconada. Lejos de lamentarse, soltó una risotada cargada de satisfacción. Sentía la tierra en sus pies, aunque creyó rozar el cielo. Finalmente se decantó por ese verde paraíso que tanto la cautivó. Contempló la barca por última vez mientras descendía. Y tras unos decididos pasos se sumergió sin billete de regreso.

-¡Esa es tu historia, tu primer cruce de miradas con el abuelo! 

-Me has calado, querido nieto. Es mi preferida.

<<Ya lo decía aquel cantante italiano: “había islas verdes en sus ojos”>>, pensó la anciana, con las pupilas vidriosas y una enorme sonrisa al recordarlo.

Seudónimo: Noah Calhoun

Destino a todas partes

– ¿Dónde vas chiquilla? – me preguntó el marinero.

– No voy a ningún lado y voy a todos sitios, señor.

Mi barca, aquella que tantos instantes de placer nos dio ya no tenía fondo. ¡Ya no podría volver a surcar los mares como cuando era niña e iba con mi padre a ver las fosas marinas!

– ¿Y ese libro que llevas, niña? – me preguntó de nuevo el marinero.

– Mi destino, señor. – Y me senté en mi barca para ver cambiar el mundo desde la orilla de la playa.

Pseudónimo: mercesori